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miércoles, 31 de agosto de 2011

"...aparte de mi estricta felicidad personal, no me ha importado realmente nada en la vida aparte de los libros..."

Lectura “artística”, lectura “de oficio”: ¿Qué tiene eso que ver con quien soy? Si en el fondo, aparte de mi estricta felicidad personal, no me ha importado ni me ha interesado realmente nada de nada en la vida aparte de los libros (o, para ser más exactos, las obras: los cuadros, las películas, los escritos: las cosas que hace el hombre, más ellas que el hombre mismo, y, aún así, entendiendo por cosas que hace, los productos artísticos, no los actos exteriores, y si Trotski me fascinó fue precisamente por tratarse de un ejemplo –uno de los más altos y también el más turbador, porque ni se quedó en un plano solo teórico ni tampoco pudo ponerse en práctica del todo: una mezcla de Fourier y Robespierre, más radical, más puro, más intransigente- de una inteligencia aplicada a la producción de una nueva forma de vida: la revolución permanente, es decir, la vida como poema); y si, no interesándome nada más que los libros, o para ser más exacto, las obras artísticas, no soy, con todo, un archivero o un coleccionista o un bibliotecario, si soy más bien desordenado y expeditivo, y, con todo, y al mismo tiempo, no puedo soportar en el trabajo la más mínima falta de rigor pero tampoco la rutina, y, precisamente, la mezcla de chapucería en algunos maestros, de inercia y de desinterés en otros – y, junto a esto, perdiéndose entre tanta necedad, la genuina ilusión de unos cuantos que sí sabían lo que hacían- me hizo moralmente imposible acabar la carrera de Filosofía y Letras, precisamente a mí, que tan tolerante había sido en Derecho con el mismo tipo de defectos, porque tomaba el Derecho como una simple disciplina abstracta, un ejercicio de neutralidad perfecta, todo lo átono y preciso que se quiera (la neutralidad, la precisión, al servicio del apasionamiento: eso es lo que me fascina de en Trotski, y si lo miro bien, también en la prosa de Une saison en enfer o de Les chants de Maldoror); si, en consecuencia, todo lo pido a los libros, ¿no es porque les pido, de hecho, aquello que los demás hombres piden a la vida? Y verdad es –Rimbaud, Lautréamont están aquí para recordármelo- que me lo pueden dar. Esta sequedad de ahora (digo sequedad en el sentido de aridez, de ausencia de sustento interior, como los místicos castellanos), no viene, pues, de los libros: viene de mí. De la misma manera que si ahora tú –que no pides a la música nada distinto de lo que yo pido a Rimbaud o a Lautréamont- no encuentras lo que encontrabas antes en una pieza (y lo que buscas y no encuentras es lo mismo que busco yo en un libro: el enlace, la conexión con el mundo interior, que nos hace sentir que existir, realmente existir, es solo existir de aquella manera precisa), no es la pieza lo que ha cambiado; quien ha cambiado eres tú.

Pere Gimferrer. El agente provocador. Barcelona: Ediciones Península, 1998. Traducción de Basilio Losada. pp. 21-24

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