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domingo, 9 de septiembre de 2012

Zaragoza: la batalla final, por Rodolfor Esparza Cárdenas

La madrugada del 29 de agosto de 1862, Zaragoza junto a González Ortega, se dispuso a recorrer sitios veracruzanos donde acantonaban las tropas mexicanas. Desde mayo tenían la tarea de impedir avances de las fuerzas francesas que desembarcaban en el Puerto, y combatir a los conservadores mexicanos, quienes aliados de los franceses hostigaban al Ejército Republicano. Encontró, entre las tropas, además de estoicismo, brotes de tifo. Tras dos jornadas regresó a El Palmar; acusaba ya cefalea y alta temperatura. Al tercer día, Zaragoza fue trasladado a Puebla. El día 5 de septiembre, hubo confianza entre los médicos. El 6 recayó su estado; a las 11 de la mañana comenzó a delirar; sus expresiones giraron en torno a la guerra. Daba órdenes, solicitaba sus botas de montar y prepararan su cabalgadura, buscaba su sable; los nombres de sus generales se repetían, urgía información de las tropas en el campo de batalla. El siete, no pudo reconocer a su madre ni a su hermana. Aurora del día 8, no hubo esperanza. Los delirios arreciaron reflejando lo encriptado en el inconsciente: la angustia de comandar a los mexicanos aquel 5 de mayo. Preocupaciones que fluyeron y que jamás había escuchado nadie. Le rodeaba su estado mayor y los médicos que Juárez había enviado de la Capital. Con lozas en los hombros, le vieron posar su mirada al infinito y exhalar el aliento que lo mantuvo 32 años en el mundo.
Ciudad de México, 12:28 horas. El General coahuilense Miguel Blanco, Secretario de Guerra, abría nervioso el sobre que segundos antes le había sido entregado por el correo militar: “Son las diez y diez minutos, acaba de morir el General Zaragoza, voy a proceder a inyectarlo. Juan N. Navarro” La capital empezó a hervir en duelo. Ese día 8, el Secretario de Gobernación, giró circular a los gobernadores: “La patria ha perdido por desgracia, a uno de sus más esclarecidos ciudadanos, a un hombre verdaderamente grande, puesto que sus eminentes servicios no alteraron la sencillez de su alma, ni le inspiraron jactancia, ni orgullo, a un guerrero colmado de virtudes republicanas, a un vengador del nombre mexicano…” El licenciado Benito Juárez, con la misma fecha expidió el decreto que disponía se celebraran honras fúnebres en cada rincón de la República. El pueblo lacrimoso, vio pasar la carroza luctuosa tirada de corceles negros; un ataúd cubierto con el Lábaro Patrio. Las exequias se celebraron el sábado 13 de septiembre, a las 10 de la mañana. Día que en 1847, había sido igualmente de tristeza nacional, cuando otro ejército invasor venció la última resistencia en el Castillo de Chapultepec. ¡Zaragoza, Zaragoza, a 150 años, los coahuilenses honramos, tu última batalla!

r_esparzac@yahoo.com.mx

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