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viernes, 11 de noviembre de 2011

Borges por Adolfo Bioy Casares

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Borges 

  1. Adolfo Bioy Casares
  2. Editorial Destino
  3. Buenos Aires, 2006
  4. En la foto: Josefina Dorado, Adolfo Bioy Casares, Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges (1935)  

Escritos durante más de medio siglo, Borges son los apuntes que llevó Adolfo Bioy Casares de las conversaciones con su colega, colaborador y amigo Jorge Luis Borges. Más de 1.600 páginas que registran la convivencia de una de las amistades más longevas de la literatura hispanoamericana. Un voluminoso testimonio de la palabra íntima y la vida privada de un par de escritores que no tenían reparos en desplegar, casi cotidianamente, no sólo una cultura portentosa, sino un severo juicio –con humor e inteligencia– contra todo lo que consideraran ajeno a sus gustos, intereses y simpatías. Nada de qué asombrarse, si se piensa que es lo que hacemos casi todos en soledad o cuando hablamos con los que nos merecen confianza y discreción.

            En efecto, la primera impresión que ofrece este libro es la de un copioso caudal de chismes literarios, que abarca casi la mitad del siglo XX. De modo implacable y no menos divertido, Bioy y Borges critican a escritores, amigos, familiares, cantantes, historiadores, próceres, artistas así como a doctrinas estéticas, filosóficas, políticas, lingüísticas, con palabras muchas veces lapidarias; siempre impecables. No es de extrañar que algunos sectores de la crítica hayan recibido esta obra con perplejidad, e incluso ciertos escritores, como Ricardo Piglia, con bastante enojo, calificándola como “una venganza de Bioy contra Borges”. Motivos no les faltan. Sin embargo, la mayor ironía del libro resida quizás en el hecho de que Borges y Bioy ya no puedan acusar esos reclamos. De manera que estos apuntes viene a ser –y quizás ésa sea una de las ocultas intenciones de su autor– la última y descomunal broma que este par de escritores, al mejor estilo de sus heterónimos Bustos Domecq y Suárez Lynch, le han dejado, le guste o no, a la posteridad.

            Pero Borges no es sólo un manual ejemplar del agravio. Es mucho más: un valioso legado de opiniones sobre la literatura universal. Una recopilación de impresiones, confidencias e ideas de Bioy y Borges, pero en especial de este último, algunas de ellas jamás publicadas antes, y otras incluso radicalmente opuestas a las que el autor expuso en libros, entrevistas y conferencias. La sobriedad, claridad y agudeza del estilo de esta obra hacen de sus páginas una cátedra inmejorable de escritura, y al mismo tiempo, un espléndido libro de memorias. Un ameno diario en el que se describe con deleite y minuciosidad el devenir de la vida privada de uno de los autores más universales de este continente: sus antipatías intelectuales, sus dolencias físicias y amorosas, su exquisito sentido del humor, sus achaques y desplantes, sus viajes y manías, y su manera de lidiar con la fama y también con esa soledad que lo acompañó durante casi toda su vida

            No deja de llamar la atención por otra parte que la escritura de este diario, muy a pesar de su autor, asome entre líneas la sensación de una certeza no muy feliz. Una sensación de la que Bioy jamás pudo librarse: la de haber sido visto durante toda su vida, por gran parte de la crítica y de los lectores –¿acaso por sí mismo también?–, como la sombra de Borges. Sin duda, saberse el amigo de ese monumento de la literatura tendría para Bioy la ventaja de poder nutrirse de modo cercano de esa maestría, y más aún, de esa amistad, pero al mismo tiempo, acarrearía la penosa tarea, casi condena, de sobrellevar el nombre de Borges adosado a su vida y obra personal, restándoles luz propia. Resulta por ello emotiva a la vez que exacta la reflexión de Bioy, a pocos minutos de haberse enterado de la muerte de su amigo en Ginebra, en la que dice: “Pasé por el quiosco… sintiendo que eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges”. Uno podría arriesgarse a decir –aunque no deje de ser una hipótesis patética–, que Bioy intuyó que en un mundo sin Borges, él también perdía el paso y fallecía de alguna forma, desvaneciéndose en vida, no sólo por la ausencia del amigo y del maestro, sino porque gran parte de su identidad –humana y literaria– se mantuvo alumbrada –por no decir algo más terrible: justificada– por la existencia de Jorge Luis Borges. De allí que este enorme libro pueda leerse también como un notable ejercicio de la amistad, con todas las contradicciones, noblezas y tristezas que comprende esa virtud.

            A continuación, algunos fragmentos de Borges:

Sobre la incredulidad del lector: Borges: “No importa que el autor conozca el asunto del que habla; importa que haga creer que lo conoce. Cuando el lector sospecha que el autor no conoce el tema, que el novelista no ha imaginado bien las cosas, la suspensión de la incredulidad concluye”. (1960)

Sobre la tristeza: Borges: “Más vale estar dignamente triste que alegre por idioteces”. (1961)

Sobre el surrealismo: ¿Cómo sería el futuro de conversaciones con personas que imaginan que sólo hay tres posibilidades: catolicismo, comunismo y surrealismo? Como decía Borges la otra noche, las dos primeras doctrinas permiten, por lo menos, la redacción de libros; los franceses parecen no haber advertido que el surrealismo, valga lo que valga la teoría, impide, en la práctica la producción de páginas legibles. (1952)

 

Sobre Ernesto Sábato: Borges recordó la conversación entre Sábato y González Lanuza, ambos admirados con los capítulos de la novela de Sábato publicados en “Sur”. Sábato habría preguntado si no sería demasiado fuerte. Borges me dice: “Muchos escritores viven en el temor de que sus escritos sean demasiado fuertes y el peligro inevitable es que sean demasiado débiles”. (1950)

Bioy: ¿Quién se atreverá a reeditar sus novelas? Nadie. Sábato también desaparecerá, sin dejar rastro, después de la muerte. Es curioso el caso de Sábato: ha escrito poco, pero ese poco es tan vulgar que nos abruma como una obra copiosa. Borges: “Nunca le tuve afecto”. (1956)


Sobre Graham Greene: En una nota para un libro de Emecé escribimos de Graham Greene: “Es casado y tiene una hija”. Borges: “Mejor sería poner: “Es casado y tiene una pija”. (1953)


Sobre el turrón: Come en casa Borges. Durante la comida, roe un turrón y dice: “Es un alimento para longevos. Matusalén, tal vez, lo concluiría”. “Para quebrarlo –dice mi padre– hay que tener dos filas de dientes”. Y después –contesta Borges–, uno queda con dos filas de encías”. (1953)


Sobre judíos: Borges: “Yo no soy antisemita, pero que, en todas partes, los pueblos más diferentes hayan perseguido a los judíos es un argumento en contra de ellos”. (1955)

Sobre Unamuno: Borges: “Unamuno escribió que él veía a Dios como el productor de inmortalidad y que sólo eso le interesaba: su inmortalidad. Qué bruto. Cómo no le interesa saber si el mundo tiene algún sentido. ¿Por qué le interesa tanto su inmortalidad? No creo que Unamuno hubiera adelantado mucho en el proceso de despersonalización”. (1958)

Sobre el psicoanálisis: Borges: “Yo creo que el secreto del éxito del psicoanálisis está en la vanidad de la gente; te das cuenta, poder hablar todo lo que uno quiere, de uno mismo, y que lo escuchen con interés y aun poder hablar de la infancia”. (1959)

Sobre Nabokov: Leemos las primeras páginas de Lolita. Borges: “Yo tendría miedo de leer ese libro. Ha de hacer mucho mal a un escritor. Uno advierte que es imposible escribir de otro modo. En seguida, estás haciendo monerías ante el lector, sos un malabarista, sacás tu galera y tu conejo…” (1959)

Sobre los poemas de Antonio Machado: Borges: “Es la poesía de las Vísperas. Está a punto de todo”. (1959)

Sobre los buenos libros: Borges: “Uno cree que ha de haber muchos libros como Las mil y una noches, pero no los hay. Los buenos libros han de venir al fin de las literaturas: son la destilación de muchos libros anteriores, de muchas literaturas. Ha de haber habido muchos libros de viajes para llegar a Simbad”. (1959)

Sobre Strawinsky: Borges dice que la música de Strawinsky es extraordinaria (en el sentido de excelente), con sonidos rarísimos, como de jazz, muy alegres. “Pero mejor no decírselo a Strawinsky –agrega–. A lo mejor su música expresa toda la tristeza del mundo moderno”. (1960)

Sobre las polémicas literarias: Borges: “Las polémicas literarias son como efusiones de sangre en el teatro: después nadie muere”. (1955)


Sobre el gusto pervertido y Ortega y Gasset: Borges me dice que pueden distinguirse dos maneras de escribir mal. Una, por descuido, que no tiene mayor importancia; por ejemplo, el modo en que están escritos muchos libros de filosofía y de tema científico. Otra, por una perversión del gusto del autor; por ejemplo, cuando Ortega y Gasset llama a las mujeres de los tribunales de amor provenzales “hembras civilizadoras”. Borges: “¿Por qué hembras? ¿Por qué civilizadoras? Quería exhibir sus conocimientos etimológicos. Baroja dice que Ortega está bien, pero que lo de Gasset es demasiado catalán y que desconfía de los productos de la firma Ortega y Gasset”. (1956)


Sobre marxismo y psicoanálisis: Bioy: “Aquí uno puede apoyar tal o cual tendencia, pero no pensar. En realidad, el marxismo y el psicoanálisis han hecho un gran mal. Restan dignidad al individuo: cualquier opinión que uno proponga está determinada fatalmente por cuestiones de clase o de patología. Lo que uno opina no lo opina uno, sino la cuenta del banco o un impulso contenido de nuestra infancia”. (1956)


Sobre Beckett y Joyce: Hablamos de “Esperando a Godot”. Borges: “Se trata de unos vagabundos, que esperan a un tal Godot. Godot es igual a God que es igual a Dios. Es claro. Para que no haya ninguna sorpresa, Godot no llega”. Wilcock comenta, como algo extraño, que Beckett, el autor, haya sido el discípulo de Joyce. ¿Cómo, entonces, pudo escribir una pieza tan tonta? No le digo que nada más tonto, o fracasado, que “Finnegans wake”. En cuanto al mismo “Ulises” podría mostrarse como ejemplo de libro en que naufraga el autor: aquí y allá, en una página y en otra, flotan restos brillantes. (1956)


Sobre Roberto Arlt: Borges: “Era muy ingenuo. Se dejaba engañar por cualquier plan para ganar mucha plata, por descabellado que fuera, a condición de que hubiera en él algo deshonesto. Era comunista. Se entusiasmó con la idea de organizar una gran cadena nacional de prostíbulos, que costearían la revolución social. Era un malevo desagradable, extraordinariamente inculto. Hablábamos una noche con Ricardo Güiraldes y con Evar Méndez de un posible título para una revista. Arlt, con su voz tosca y extranjera, preguntó: “¿Por qué no le ponen Cocodrilo?” Era un imbécil”. (1956)


Sobre Carlos Gardel: Borges: “Es invertebrado, es un bicho baboso, no vocaliza, se derrama”. (1957)

Sobre Andrés Bello: Leemos poemas de Bello: “Alocución a la poesía”, “Silva a la agricultura de la zona tórrida”. Borges: “Qué le ha dado con los vegetales. Parece loco… Qué rara la idea de una “Silva a la agricultura de la zona tórrida”. Equivale a una “Oda a la industria del calzado”. Oyuela y Menéndez y Pelayo dicen que es el mejor poema escrito en Hispanoamérica. Yo no creo que tenga muchos versos memorables. Son poemas hechos con aplicación. El efecto que produce no es de agricultura, sino de maleza. Una descarga de legumbres. Es una pesadilla. Como en las pesadillas, antes de que la atención pueda fijarse en una banana, la banana se convierte en un zapallazo. En su epístola a Olmedo, Bello dice que, a estar en París, él prefiere estar en su aldea, echado entre los cardos, con una rana cantándole en cada oreja. ¿Cómo no advirtió que la imagen que sugería era horrible y ridícula? Para él, un poema era algo externo; se proponía ser ora lírico, ora mitológico, ora sublime, ora familiar: todo se lograba con aplicación, sin ningún criterio. Qué raro que viviera tantos años en Londres”. (1957)

Sobre Cervantes: Borges: “Alguna vez creí que Cervantes, al escribir, en la muerte de don Quijote, “quiero decir que se murió”, cometía una ramplonería o descuido, del que Víctor Hugo no sería capaz. Después comprendí que fue un acierto escribir eso; quién sabe por qué, es muy patético”. Bioy: “Es un énfasis tranquilo. De un modo llano se detiene, para que la idea de la muerte nos alcance”. Borges: “Yo había pensado que en ese momento Cervantes no parecía un escritor inventando, sin un cronista que refiere algo real, que ocurrió objetivamente. Uno ve que don Quijote se murió”. (1958)


Sobre la bebida: Borges opina que hay dos maneras de beber. Una, embriagarse por festejo (como dice Lugones) que está bien; otra, para olvidar, que está mal. Chesterton hace la distinción; una, convivial, con mucha gente; otra, solitaria y triste. Borges: “Qué raro que guste tanto el vino”. Bioy: “Qué raro que prefieran ese gusto a remedio, al del agua fresca, que es tan rico”. Borges: “Más raro es que les guste el whiskie”. (1958)


Sobre la novela: Bioy: “He hecho un descubrimiento. La novela es un género para maricones. Cuando uno se pone a describir minuciosamente al héroe se siente maricón”. (1957)


Sobre el recuerdo: Borges: “Algo que entristece es hacer cosas que uno sabe que no dejarán ningún recuerdo”. (1957)

Sobre la crítica: Borges: “Alguien afirmó que a un autor no lo perjudica nunca lo que otro escribe sobre él; únicamente puede perjudicarlo lo que él escribe”. (1957)


Sobre los efectos: Borges: “Yo creí alguna vez que todo se podía reducir a efectos literarios; o que partiendo de los efectos podría uno escribir buenos cuentos, novelas o poemas. Puede ser que todo dependa de los efectos, pero no hay que escribir buscándolos. Es la manera más segura de no encontrarlos”. (1957)


Sobre el amor:  Borges: “Si el amor no sirve para la felicidad, nunca debe ser fuente de desdicha”. (1963)


Sobre la democracia: Borges: “Es un disparate la democracia. Nadie cree que el pueblo sepa cuál es el mejor matemático o el mejor biólogo. ¿Por qué va a saber quién puede gobernarlo mejor?” (1963)


Sobre un encuentro: En Madrid se le acerca alguien a Borges y le dice: “Borges, soy Gerardo”. Borges no contesta. El otro insiste: “Soy Gerardo Diego”. Borges entonces pregunta: “Es Gerardo o es Diego”. (1984)


Sobre Octavio Paz y las flatulencias: Octavio Paz envió a “Sur” un poema de amor, con el verso: “Tus pedos estallan y se desvanecen”. Borges: “Se verá a sí mismo como un conquistador de nuevas regiones para la poesía… Qué regiones”. Bioy: “Menos mal que se desvanecen”. (1960)

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