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sábado, 10 de marzo de 2012

Carta con el Silencio, Flavia López Amitrano.

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 Marzo 10 de 2012

 

Carta con el silencio

 

“Un rostro que se parece a todos los rostros olvidados”

-Paul Eluard

 

Empiezo esta carta cuando el cielo es un fondo azul de cartulina. Parece que las siluetas de los edificios fueron recortadas por un niño: todos son netos y seguros. Exactamente como tendrían que ser, y nunca lo son.

Pero hoy sí. Hoy cuando empiezo esta carta, parece que todo está en el lugar indicado. Las terrazas, las antenas, las parabólicas, las ramas de los arboles. Hoy la luz es la apropiada y los ruidos son apenas perceptibles desde detrás de las ventanas cerradas. Un día sereno de primavera.

Escribo esta carta con la esperanza de decirte ciertas cosas. Con la esperanza de que ese orden azul y verde que veo detrás de los cristales entre dentro de las frases y las haga legibles: las cartas son siempre tan intimas que cuesta mucho comprender de qué hablan en realidad. No sé si esta será la excepción, lo dudo.

Quisiera escribirte una larga carta que te hiciera compañía durante muchos días, una carta para abrir y cerrar como una caja de música y que siguiera sonando largo tiempo. Y cada vez de una manera distinta. Una carta que seguramente nunca estará en tus manos.

Dentro estarán los días y la noches que pasamos juntos, todos los lugares en que estuvimos, las emociones que sentí. Como si te estuviera hablando, pero sin decirte nada concreto. No me da miedo que puedas perderte en su interior.

Quiero recordar. Y ayudarte a entrar dentro de mis recuerdos para que se hagan también tuyos. Para que puedas envolverte con ellos y entrar en calor algún día que lo necesites.

Estoy en silencio, parece una plegaria pero, por dentro, las palabras siguen combatiendo, confundiendo, superponiéndose. Cada tarde durante un rato, miro el sol sobre mi cabeza y te veo ahí. Estas ahí un instante, después desapareces. Solo queda el azul. Han quedado sólo las palabras que no te dije. Cielo y palabras que siguen estando encima de mí, moviéndose con solidez, haciendo ruido. Todas las cosas que no te dije, todas las que no me dijiste, aun cuando nos hemos dicho tanto. Un peso que me aplasta.

Miro afuera por la ventana y veo líneas azules y blancas detrás del cristal. Sólo consigo recordar encuadres, fragmentos de sueños, como retazos de películas viejas montadas una sobre otras sin nexo alguno. Será que, a solas, los pensamientos se sienten libres para asaltarme, para obligarme a pensarlos, aunque no tenga ganas. Corren todos juntos se me tiran encima e intentan superarte.

La pantalla de mi computadora esta en blanco en la tarde que transcurre. Yo solo pienso en los invisibles tatuajes que me dejaste para seguir escribiendo, para entender que no quiero borrarlos solo guardarlos en otro lugar. Un lugar más lejano de mi hoy.

Sigue el aroma de tu piel a mí alrededor.

Puedo encontrarte en el silencio, a solas, siguiendo todas las huellas que dejaste sobre mí. Silenciosa y rogando, sin saber que rogar. Invocando tu cara, tus ojos que cambian de edad.

Me siento distinta cada vez. Cada vez que me imagino con alguien que no sos vos. Pienso que perdería algo cada vez que toque a alguien. Dejaría parte de mí. Pedazos. Jirones. Como souvenirs que sin duda, tras el entusiasmo inicial, se tirarán a la basura, como una muñeca vestida de gitana traída de un viaje, unas castañuelas o una bola de cristal con nieve adentro.

Voy a intentar algo nuevo. El silencio, escribir sin palabras. Tal vez depende de la sintaxis. Obrar de manera que las palabras asuman un papel diferente, que se gesten con una nueva fuerza. Lo pensaste alguna vez? Yo recién ahora lo estoy aprendiendo. Las personas con las que se consigue estar en silencio son tan escasas. La gente piensa que estar juntos significa hablar sin parar yo también lo pensaba, de este modo las palabras se convierten en pánico, malestar, los vacios son momentos que hay que llenar con cualquier cosa. Estar en silencio, en un silencio cómodo, en cambio, significa plenitud, es compartir lo esencial. La felicidad es inexplicable, es como un agua mansa que sube por dentro, moviéndose con lentitud, con un ritmo parecido al del latido del corazón.

He sentido algo parecido a esto junto a vos.

He escrito muchas cartas. Las escribí en épocas distintas, en situaciones distintas. Escribí a mano, a máquina, con la computadora. Esta vez me gustaría poder intentar escribir con el silencio.

Siempre intento recordar los detalles, para salvarme, para salvar del incinerador instantáneo de la memoria algo que consiga retenerme. Cuando pierdo la palabra, sé que pronto aparecerá una imagen dispuesta a despertarla.

La cicatriz de tu espalda, la de tu ingle todavía más familiar, tus lunares, un pequeño antojo diminuto del color de una fresa en tu espalda. El vello que asomaba por el cuello de tu camisa. Intente aprenderte de memoria.

Ya hablamos del silencio. Una película sin diálogos. Libros con muchos espacios en blanco. Pero vivimos en el caos, incluso muchas veces lo elegimos. Si, optamos por vivir en la multiplicidad de voces y de historias, los ruidos de una ciudad que nos rodea, llamadas telefónicas, fax, maquinas contestadoras, hasta el agua hace ruido cuando hierve en una de esas pavas irritantes.

Imagino tu casa, a la que sólo llegue a ir unas cuantas veces. Tú casa siempre silenciosa. Tú casa con reflejo verde. Imagino libros a medio leer, hojas que crepitan entre tus dedos. Te imagino a vos sentado adentro. La boca entreabierta y muda. Tus dientes y tu olor hecho de agua, vino y algún cigarro. Sé que hay silencio donde estas cuando trabajas. Y que no hablas con nadie durante horas enteras.

Sigo escribiendo. La tarde es eterna. Se deshace bajo las últimas oleadas de sol. Se derrama bajo la cabeza de los edificios, sobre las ramas de los arboles, sobre todas las cosas, es azul, naranja y verde y va oscureciéndose rápido.

Hay un desierto en tus palabras que a veces no soy capaz de atravesar en estos días. Decís que estás tranquilo con la voz de quien ha dejado de hacerse preguntas. Pero yo te conocí vital, explosivo, apasionado, poeta, devastador y devastado, vivo. Así es como te quería y quizás no eras vos. Y no obstante ahora que estás lejos, definitivamente inasible, completamente dentro de otra vida, sigo pensando que eras vos el hombre que siempre quise, parecido incluso al que querría hoy, a pesar de todo. Queda la amargura de lo no logrado. Te quiero igual que el primer día, pero como quiero a la casa de cuando era chica, como a una noche de verano, como el mar. Como esas cosas que uno jamás olvida pero sabe que jamás poseerá de forma definitiva. Lo pienso y me invade una tristeza de amanecer lloviendo.

No lo sé. Sigo escribiendo esta carta, acumulando frases que tal vez nadie vaya a entender jamás. Pesan ¿sabes? Y me confunden. La luz se inclina sobre la mesa, la taza de café humea junto a mi antebrazo. Tardes enteras con la mano aferrada a la lapicera o con los dedos pulsando inciertos el teclado. Rodeada por hojas de papel con frases anotadas y luego reescritas en la fría pantalla para hacerlas verdaderas. Y los recuerdos, como huéspedes esperados, llegan y llaman a la puerta antes de hacerse ver. Recuerdos.

Estas líneas aleatorias, tambaleantes como hormigas extenuadas por el peso que soportan, no sirven para nada. Lo sé. En una habitación una mujer escribe una carta de amor a alguien ya lejano. Le escribe a un recuerdo ¿Cómo eso podría cambiar el curso de algún acontecimiento?

Dentro de la habitación, las cortinas ondean y amortiguan los colores con su tela. Las sombras se convierten en soplos. Imagino que afuera está el mar. Como en aquella habitación de hotel a la que fuimos hace tanto tiempo. Cortinas blancas, agua en el cuarto y el mar afuera. Un mar liso y brillante. Hablábamos, nos conocíamos cada segundo más, tomábamos, hacíamos el amor, nos hacíamos promesas. Y el mar siempre estaba ahí, aunque cambiara de color continuamente. Como tus ojos.

Pasaba mis dedos por tu pelo. Pelo brillante y delgado. Deslizaba mis manos sobre tu piel bronceada por el sol y tan lisa como un espejo de agua. Tus ojos tenían destellos repentinos. La noche no me daba miedo como ahora.

Hoy no me reconozco en ninguna mujer que he sido. No. Apenas en pequeños gestos, en la forma de decir algunas cosas, en la imagen corporal, en la forma de caminar o de sentarme, en mi risa, en la forma de observar a los demás, en que todas las noches me cuesta ir a dormir desde toda la vida. Me reconozco en el afuera de mi misma pero no en el adentro.

Me levanto pero vuelvo. La pantalla de la computadora sigue encendida en la habitación que ya está a oscuras. La carta tiene un temblor luminoso que hace mal a los ojos. Las hojas con esbozos de carta están por ahí, como trapos viejos, con los bordes deshilachados con mis dedos, un viejo tic que siempre me acompaña desde chica cuando no le encuentro a algo un final.

Resulta extraño: después, cuando se piensa de nuevo en todo lo ocurrido en el pasado, antes de la ruptura, se ama mucho más, después, cuando todo se ha acabado, dulcificado ya definitivamente, domesticado por la distancia. Y, sin embargo, todos los recuerdos vuelven, límpidos. Pero sin rabia. Ahí radica el riesgo de pensar que puede haber un mañana. Hay guiños y señales que, simplemente, hay que dejar pasar.

La noche se sume en la oscuridad. Detrás de los cristales ya no consigo ver nada. Hasta las luces de los edificios se han apagado. Es la segunda mitad de la noche, la más cerrada, la que me da miedo. Es ahora cuando los recuerdos se hacen más punzantes. Es ahora cuando siento el cansancio subiéndose a mis manos y a las frases que escribo. Mi carta envejece pronto, la voz se adelgaza, apenas un susurro temeroso.

Resucito días y noches. Lugares y cosas. Me siento una aprendiza. Una pequeña maga que intenta acoplar voces y tiempos y sospecho que eso es verdaderamente peligroso pero sigo haciéndolo. No cedo ante el miedo ni, mucho menos, ante el sueño.

Quiero decírtelo todo. Pensar todo y escribirlo. Decirte las cosas que todavía no te dije, hacer que suenen y prolongar ese silencio arduo y retorcido, doblegarlo hasta convertirlo en una especie de música.

Quiero decírtelo todo.

Tu cara, tus manos, la voz y las cosas que dejaste se acumulan encima de mí, me arropan al menos mientras dure esta carta. Y, dependiendo de la estación, dependiendo de la mirada, dependiendo del tono de la voz, los disfraces cambian y tus frágiles ofrendas se convierten en trajes regalados para una princesa de un cuento, o bien en los harapos raidos de mendigo.

Las palabras no alcanzan el núcleo cálido. No lo logro. Las palabras se disgregan debajo de los dedos, son uñas frágiles que hay que limar y recortar.

No tengo tiempo. Esta noche está a punto de terminar y el sueño quiere apoderarse de mí. Si todavía fuera capaz como cuando era chica de hacer cantar al silencio, ahora podría cerrar los ojos, levantar un poquito los dedos y sentir que puedo mover los objetos en el aire con la música que creo en mi cabeza y, esta carta, no existiría.

Si todavía fuera capaz.

La arquitectura mínima de este escrito está disolviéndose, ya lo ves. Se cae a pedazos, se enmaraña. O, tal vez, las palabras escritas, como los acontecimientos y las personas, son una configuración imposible de planificar.

Hay silencio en mi casa. Ese tipo de silencio que solo puede escucharse durante la noche. Las hojas de las tipas parecen monedas que alguien agita en su mano cerrada.

Escribí todo el día y toda la noche. Me llevo tiempo esta carta. Parece que el mundo hubiera desaparecido. En casa no hay nadie.

Estoy acá y siento la distancia.

Encontré un mensaje tuyo dentro de un cajón. Una hojita delgada escrita en birome. Luego encontré otros. Estaban escritos con pluma, con tinta negra, azul o bien con lápiz; otros, en cambio, estaban escritos con gestos que no pueden leerse en un papel, gestos que recuerdo sólo yo.

Gracias.

Hasta por toda la tristeza que pusiste en mi interior. Hacía mucho tiempo que nadie me afectaba con tanta fuerza. Debe ser que sigo viva no?

Me siento como si estuviera disolviéndome.

En silencio.

Un silencio concentrado y fluido. Como agua sabia que se adapta a la piel resbalando y siguiendo curvas, mis curvas.

Ese preciso, exacto silencio, que tanto se parece al amor.

 

Flavia.

Posted via email from apm35's posterous

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