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sábado, 24 de septiembre de 2011

Robert Walser, Poeta De Lo Ínfimo


La tragedia personal de Walser transformó su escritura en un ejercicio doloroso, pero ininterrumpido, que le obligaba a ir más allá de un yo derruido. Esa tendencia no le ayudó a recuperar la identidad perdida, sino a convertirse en un cronista de lo nimio: una aguja, un lápiz, una cerilla. En esa poética de lo mínimo, el escritor desaparece bajo las palabras. El placer de no ser es el substrato sobre el que crece la obra de Walser. 
 
Escritura despersonalizada y errante, que reproduce el flujo de una conciencia impersonal. Al describir la ceniza, Walser escribe una página perfecta, que expresa elusivamente sus señas de identidad: “la ceniza es humildad, la intrascendencia y la falta de valor mismas y, lo que es más hermoso, ella misma está obsesionada con la creencia de no valer para nada”. Escribir es una forma de “emigración interior”, un ejercicio de ensimismamiento que posibilita la comunicación entre la intimidad más recóndita y el mundo exterior. De esa relación, surgen los “microgramas”, un género ínfimo que cifra los pensamientos en una caligrafía críptica, donde se debaten el mundo y el yo enfermo.

En sus apuntes o microgramas, Walser utiliza como soporte facturas viejas, márgenes de periódicos atrasados, dorsos de telegramas. Al igual que Zoran Music, artista esloveno deportado a Dachau, que hizo más de 300 dibujos clandestinos de cadáveres apilados como leña, empleando tiza o carbón sobre papel de embalar, Walser no mira hacia el futuro, sino hacia su interior. No hay una línea conductora que unifique estos apuntes. Son escritura sin vocación de perdurar. Constituyen la forma más elevada de creación, pues su trascendencia reside en su aparente precariedad. De alguna manera, realizan la ilusión del último Nietzsche: demoler el yo, aniquilar al escritor para que hable el mundo. Walser no se considera un literato, sino un trabajador. “Sólo es posible hallar el sosiego del corazón en el trabajo cotidiano”.El autor es el sirviente de las palabras, su humilde criado y su ética se basa en la renuncia a cualquier notoriedad. Es un peregrino, un paseante, que regresa a su habitación como el rincón del mundo donde se gesta su obra. Tras el obligado viaje al Sur del escritor centroeuropeo, regresa a la soledad, a la luz cenicienta de los bosques suizos para reencontrarse con su infancia, la etapa de la inocencia, no ya porque aún no se haya traspasado el umbral del bien y el mal, sino porque el yo aún no se ha constituido y el lenguaje todavía fluye al margen del sentido, con una gozosa libertad.

La concisión adquiere una dimensión ética en su escritura, que asocia la retórica al “tedio de la pluma”.  Walser parece haber asimilado la lección de Rimbaud, que reconoce al otro en el corazón del yo. Por eso, su escritura se identifica con el paseo sin rumbo, con la desorientación del vagabundo. La aversión hacia la pluma no es casual. La tinta fluye con vocación de permanencia. El lápiz acepta la precariedad, la posibilidad de desaparecer, sin dejar rastro. En su correspondencia, Walser señala que el lápiz le devolvió al inicio de la escritura, al aprendizaje de la infancia, donde las cosas se muestran por primera vez, sin las perversiones que acarrean la rutina y la costumbre. Al copiar a lápiz algunos textos que ya se habían materializado con la pluma, Walser no se repite, sino que reinventa sus creaciones, insinuando que la escritura siempre es un palimpsesto. Debajo de cualquier novela, cuento o fragmento, se advierten los vestigios de piezas anteriores. La literatura sólo es una forma de arqueología. Walser transita por todos los temas: la niñez, las primeras lecturas, el amor, lo caricaturesco, el fracaso, el suicidio. La inhibición ante el sexo refleja su parentesco con Kafka, que en su correspondencia con Milena Jesénska reconoce que prefiere dos páginas escritas a dos horas de contacto físico. El miedo a perder la propia intimidad inspira tal vez la despreocupación de Kafka y Walser por la posteridad. 

La poética de Walser es la poética del absurdo. No es una prefiguración del surrealismo, sino la superación de la literatura en sí misma como narración o testimonio. “Todo motivo es absurdo porque todo motivo causa risa”. Sería una frivolidad negar el declive mental de Walser, estrangulado por la psicosis, pero la clave de su obra, de sus fulgurantes microgramas, se halla en una exacerbación de la razón, que contempla el mundo y no percibe nada más allá de los objetos cotidianos. Es la misma perspectiva que la de Beckett, que describe la existencia del hombre como una expectativa inútil, una esperanza frustrada, sin otra posibilidad de redención, que actuar como caja de resonancia de una realidad efímera. Los microgramas no son una apología del nihilismo, sino un ejercicio de pasión hacia la vida en sus formas más elementales. Contemplar y no preguntar, mirar y no especular, pues todo está ahí, frente a nosotros, mostrándose en su desnudez primordial. Dios, la muerte y el tiempo dibujan la periferia del mundo, un límite que apenas explora Walser, un poeta tan humilde como Heráclito, orgulloso de su pobreza, de su menesterosidad frente a las cosas. El poeta no inventa el mundo, sólo ordena sus elementos, circunscribiéndose a un espacio tan ínfimo como un billete de metro. No menos brillante que Bobby Fischer, Walser prolongó su agonía para estudiar nuevas aperturas en un juego que consumió su vida, no sin proporcionarle momentos de intensa, dolorosa felicidad.

RAFAEL NARBONATodas las colaboraciones de Rafael Narbona como crítico literario de El Cultural de El MUNDO en: http://www.elcultural.es

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